SUBMUNDOAVILA.
" NO TENGO NI LA MITAD DE MIEDO A SATAN COMO EL QUE TENGO A LOS QUE LE TEMEN. "
Santa Teresa de Ávila 1515 - 1582
viernes, 1 de noviembre de 2013
EL AMOR Y LA LOCURA.
Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades del hombre. Cuando el aburrimiento había bostezado por primera vez; la locura como siempre propuso.
- ¿Vamos a jugar a los escondidos?
La intriga levantó la ceja intrigada y la curiosidad sin poder contenerse pregunto:
- ¿Y cómo es eso?
Es el juego - Explico la locura - en que yo me tapo la cara y cuento hasta 1000 y el primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.
El entusiasmo bailo entusiasmado secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía a la que nunca le interesaba nada. Pero todos quisieron participar.
La verdad, prefirió no esconderse ¿Para qué? Si al final siempre la hallaban, y la soberbia opinó que era un juego tonto (En el fondo le molestaba que no hubiera salido de ella) y la cobardía prefirió no arriesgarse.
1, 2, 3 comenzó a contar
La primera en esconderse fue la pereza que como siempre se dejó caer tras las piedras del camino.
La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras el triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir al árbol más alto.
La generosidad casi no alcanzaba lugar para esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos. Así termino por acurrucarse en un ratito de sol.
El egoísmo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio: aireado, cómodo, pero sólo para él. La mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arcoíris) y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes.
El olvido... se me olvidó donde se escondió el olvido.
Cuando la locura contaba 999 el amor no había encontrado aún un sitio donde esconderse entre las flores.
1000 contó la locura y comenzó a buscar.
La primera fue la pereza a solo tres pasos detrás de una piedra, después se escuchó a la fe discutiendo con dios en el cielo sobre zoología y a la pasión y al deseo los sintió vibrar en los volcanes.
En un descuido encontró a la envidia y claro, pudo deducir donde estaba el triunfo.
Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo el solo salió disparado de su escondite que resultó ser un nido de avispas.
De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago halló la belleza, con la duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada en una cerca sin decidirse en qué lado esconderse.
Así fue hallando a todos.
Al talento entre las hierbas frescas, a la angustia en una oscura cueva, a la mentira detrás del arcoíris (mentira, la encontró en el fondo del mar). Hasta el olvido había olvidado que estaba jugando a los escondidos.
Pero solo el amor no aparecía por ningún sitio, la locura lo buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y cuando iba a darse por vencida divisó un rosal y pensó:
El amor como siempre tan cursi seguro que se escondió entre las rosas.
Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó.
Las espinas habían herido los ojos del amor.
La locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, suplicó, pidió perdón y hasta juró ser su lazarillo.
Y entonces.
Desde que por primera vez se jugó en la tierra a los escondidos:
El amor es ciego y la locura lo acompaña.
martes, 29 de octubre de 2013
EL MONO Y EL PEZ.
Antonhy de Mello cuenta una fàbula oriental
del encuentro entre un mono y un pez, en medio de una circunstancia bastante
especial...
Esta circunstancia es bien sencilla: el mono en
cuestiòn, jamàs habìa salido del claro de la selva en el que vivìa y nunca
habìa visto antes a un pez.
El mono conocìa todo aquello que el limitado
espacio, en el que se desenvolvìa, le habìa permitido conocer. Sabìa de las
frutas, pero sòlo conocìa de los plàtanos y los cocos. Sabìa del agua, pero en
reposo,en el lago; nunca en torrente como en el rìo. Sabìa de animales, pero de
los pocos que acertaban a pasar cerca de su hogar.
Una vez, se largò a caminar y sus pasos dieron con
un inmenso rìo que corrìa cortando la selva. Se quedò absorto: nunca habìa
visto tanta agua corriendo por un cause. El mono parecìa hipnotizado viendo
correr el agua. No moviò la vista del agua hasta que algo lo sobresaltò: la
presencia de un pez. Dicho en sus palabras mejor, tratando de interpretar sus
pensamientos "la presencia de un extrañìsimo animal habìa caìdo al agua y
que seguramente, se estaba ahogando...porque no se conoce ningùn bicho que
respira bajo el agua".
Este mono, solidario como pocos, no dudò ni
un instante y se puso a correr paralelamente al rìo, siguiendo al bicho que se
"ahogaba" arrastrado por la corriente.
En cuanto tuvo oportunidad se cruzò de una rama
que cruzaba el rìo y logrò atrapar al pez y rescatarlo del agua.
Mientras lo agitaba frenèticamente en su mano, una
jirafa que pasaba por allì, le preguntò:
¿Què estàs
haciendo mono?
- ¿No lo
ves? Estoy salvando a este pobre bicho de morir ahogado.
A esta altura del relato, el pez ya no era pez
sino pescado y la "salvaciòn" del mono le habìa provocado la muerte.
El mismo oxìgeno que permite
respirar al mono, ahoga al pez. La misma luz que permite ver al àguila, ciega
al bùho. El mismo alimento que da vida a uno envenena al otro.
GRACIAS A LUIS POR EL RELATO.
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